Con nuestro sentido común basado en la experiencia, y por tanto, con los datos que percibimos a través de nuestras sensaciones, tenemos un primer grado de realidad. Para nosotros, desde este punto de vista, todo lo que existe es separable e independiente, con lo cual nuestra razón tiende a apartar todo tipo de relación, ya que esta parece una facultad extrasensorial. Las cosas que son extensas con materia y límites, son en sí mismas unidades de la experiencia separada. Eso es lo que nos dicen nuestros sentidos. Por ejemplo, ¿qué tienen de común una mesa y un árbol? A primera vista nada, ya que son objetos muy diferentes dentro de un primer grado de realidad, pero si usamos un poco esa facultad extrasensorial de la relación, nada positivista por cierto, observamos que la materia de la que está hecha la mesa es la misma de la del árbol, de madera.
Desde que se formuló la teoría de la mecánica cuántica, el primer grado de realidad es cuestionado desde un punto de vista filosófico. Si bien las cosas a efectos prácticos son separables y caen en el orden de la física clásica, el concepto de relación adquiere un protagonismo mucho mayor. Desde el punto de la mecánica cuántica lo que existe es regularmente aleatorio y no separable, mientras que desde el punto de vista de la física clásica era separable y determinado. Además, con la mecánica cuántica la materia antes extensa, ahora es a veces ondas a veces partículas y otras las dos a la vez. Así, unas veces la materia se comporta como ondas y otras como partículas u ondas y partículas. A esta noción de dualidad onda-partícula se le llamó Principio de complementariedad dentro de la llamada Interpretación de Copenhague. Por esta actuación tan aleatoria, como si la materia fuera una tirada de dados, como dice Einstein, la materia fue considerada, desde el punto de vista cuántico, como una medida de probabilidad.
Bohr, Heisenberg, Born establecieron en lo que se llamó la Interpretación de Copenhague, que el objetivo de la ciencia no era determinar las cantidades observables del mundo desde el punto de vista positivista de la física clásica y la percepción directa de los sentidos, sino en los datos que ofrecen los aparatos de medición. Estos datos, que son medidos por los aparatos son el momento angular la posición de la partícula, la carga, etc. Desde un punto de vista clásico, son observaciones separadas y detenidas, pero no probables, pero desde la mecánica cuántica estas medidas deberían de estar dentro de la probabilidad fiable. En realidad, lo que pretendía Bohr era incorporar el principio de incertidumbre de Heisenberg a su interpretación, que establecía que no se puede calcular la posición de la partícula ni su momento dentro de los aparatos de observación. Entonces, desde el punto de vista de la Interpretación de Copenhague, se pueden considerar varias nociones filosóficas en lo separable y la relación, el tiempo, y quizá las más importante los principios que la implican.
El hecho de que la Interpretación de Copenhague dependa de una relación que mantiene el observador con los aparatos de medida (aunque para Bohr el resultado depende de los datos de la máquina), supone que la realidad misma no es separable sino interpretada. El problema es, si esta inseparabilidad es solamente local, detro del binomio sujeto-objeto o si los sistemas locales pueden ser en algunos casos sistemas no-locales, con lo cual se comportan como un todo indivisible cuántico, con cierta extensión espacial. A pesar de todo, si los sistemas y los objetos son separables en la vida ordinaria, la introducción de la regularidad estadística para la explicación del significado aleatorio del comportamiento íntimo de la materia, presenta dos aspectos a tener en cuenta. Si bien los fenómenos macroscópicos se comportan bajo parámetros predecibles y separables, no así en sus sistemas complementarios de partícula y onda. Aun así, los comportamientos diarios pueden ser explicados de las dos formas y aplicados según el momento y el interés explicativo. Por ejemplo, a veces es necesario que una sola variable explique un efecto de un modo rápido e intuitivo. Es decir, en el pensamiento diario y en la toma de decisiones para las ciencias experimentales a veces prevalece un determinismo de causa-efecto basado en fenómenos macroscópicos. Pero muchas veces las variables causales implican que la realidad es aleatoria incluso para fenómenos macroscópicos, como en el caso del ingeniero que cuando planea construir un pantano, no puede prever los días exactos que va a llover y la pluviometría exacta del lugar, la cual es de orden probabilística.
Con respecto al tiempo, la Interpretación de Copenhague implica que si la materia es aleatoria dentro de sus propiedades, con lo cual no se puede medir más que en orden probabilístico, tanto esta sea onda o partícula, el tiempo presente no es conocido ni mensurable salvo por aproximación estocástica. Asimismo, tampoco es determinista con lo cual no se podrá medir dentro de los aparatos de medición dónde estará esa partícula u onda en el tiempo futuro. Es decir, ni el tiempo futuro ni el presente están determinados dentro de la mecánica cuántica y solo la posición de la partícula u onda puede haber sido medida en el pasado. Por tanto, si se habla de tiempo en la mecánica cuántica y dentro de ella en la Interpretación de Copenhague se está afirmando que el tiempo es solamente pasado, que el presente no se puede medir y que el futuro es claramente incierto.
Quizá donde la Interpretación de Copenhague puede ser más poderosa es en sus implicaciones metafísicas. En sí misma es un compendio de explicaciones filosóficas, que servirían de puente entre la metafísica y la física. Es similar a la idea de Leibniz en la búsqueda de unos principios pánlogicos que sirvieran para estrechar el campo de la razón y de los hechos. Los hechos estarían contenidos dentro de los principios de razón suficiente o de contradicción, en la base metafísica de su ser real. En el caso de la Interpretación de Copenhague, principios como el de complementariedad, que es más o menos un principio de contradicción o el de los indiscernibles por la individualidad cuántica, son principios metafísicos de base para una interpretación filosófica de la realidad probable y aleatoria de los hechos contingentes, basados en principios de la metafísica.
Por tanto, en la búsqueda de una realidad gradual, lo microscópico no se diferencia de lo macroscópico en cuanto puede ser relacionado con principios ontológicos que sirven de puente entre lo físico y lo metafísico. La reciprocidad como un principio, la causa, la materia como sustancia, son en sí mismas razones suficientes para el ser llamado cosa, incluso el mismo principio en cuanto es una función que depende de la variable tiempo. Al tener estos principios una entidad ontológica, y por tanto realidad, ellos mismo son puentes y bisagras para interpretar el mundo macroscópico, sea por la probabilidad cuántica o por los cuantos monadológicos que forman la estructura sistemática de esa realidad interpretada o más bien construida, metafísica que estructura la física en base a un observador, sujeto, individuo o yo mismo.