EXTático

La teoría del vínculo afectivo y el yo propio

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Mayo 17, 2012 @ 8:01 am

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Uno de los problemas que adolece mi idea del yo propio como tiempo es saber qué ocurre hasta la llamada explosión metafísica, donde el yo se da cuenta de ser sí mismo. Cuando un individuo es consciente de que es un yo es porque ya tiene un pasado a considerar, una memoria. Más difícil es que se dé cuenta que ese yo como memoria y pasado es tiempo y eso pocas veces ocurre. Sí en cambio el yo al tener una proyección de futuro o una actividad que implique un concepto de fin se puede comprender las acciones como tiempo pertenecen al yo. Con eso, y de un modo indirecto, el yo hace tiempo, tiempea como he dicho alguna vez, parafraseando a Heidegger. El asunto entonces, es ¿qué ocurre en el yo que no tiene memoria? En realidad es el pre-yo donde se fragua esa memoria de ser pasado, el yo era. La pregunta entonces es qué es el pre-yo y de dónde surge.

El pre-yo es el instinto o impulso como tendencia, una tendencia similar a la que plantea Fichte en su teoría del Yo como actividad absoluta. Ese pre-yo es muy claro en los neonatos y se manifiesta de un modo experimental en la teoría del apego de Bolwby. No hay ningún salto en la explicación que enlaza la actividad del Yo como tendencia con el vínculo afectivo, ya que estamos hablando de un Yo inmanente, donde todo está contenido y es correspondiente. Eso significa que en la exposición de una teoría los significados son sinónimos dentro de la univocidad de la inmanencia. Todo es lo mismo y diferentE a la vez, de ahí la individualidad del yo que se fundamenta en el Yo.

El vínculo afectivo surge de la teoría de Bolwby sobre el apego. El vínculo afectivo es una tendencia instintiva filogenética adaptativa, que surge en el individuo hacia las figuras objetales, que son las más próximas al individuo desde el nacimiento. Bolwby observó que los bebés reaccionaban ansiosamente cuando estos eran separados de sus madres, con diferentes estadios. Al principio era una desesperación que se manifestaba en una rabia excesiva. El estadio posterior era de desánimo con un dolor que se manifestaba en la tristeza. Cuando por fin se elaboraba esta afección el bebé volvía a la normalidad, no sin antes observar un miedo al abandono por repetición de esa separación afectiva. La famosa triada de Bolwby con respecto a la separación afectiva de los objetos parentales o de la madre eran la rabia, la tristeza, que se podía tornar en desesperanza o esperanza dependiendo del tiempo, y la reorganización para establecer nuevos patrones de acción.

Lo interesante de la teoría de Bolwby es que este vínculo afectivo enseña experimentalmente, que todo individuo o pre-yo tiende hacia un yo de un modo natural y genético. Todos los individuos humanos manifiestan este comportamiento impulsivo e instintivo de un pre-ýo hacia otro yo concreto. Fichte establecía en su doctrina de la Ciencia, que la tendencia del yo es un impulso, un instinto y es la base de la actividad ideal del yo. Para que exista un yo que pueda intuirse él mismo debe de existir una tendencia que limite con algo, la madre, para que vuelva hacia él, el pre-yo y pueda intuirse como producto y hecho de conciencia. Ese hecho de conciencia que se limita a sí mismo es el principio del yo en el tiempo, que cuando consiga algo de pasado ya será tiempo y memoria. Al cabo de unos años de manifestarse el vínculo afectivo y la tendencia en el pre-yo, este se convierte en el yo cuando atiende por el nombre propio y se vislumbra a sí mismo diferente del objeto parental. Es aquí con este cambio cuando comienza la autodeterminación del yo o ese yo autónomo y autopotente que con el tiempo se establece si se modula el tiempo.

Esta tendencia del vínculo afectivo es la expresión de la necesidad que tiene el individuo para determinarse en la limitación. Y la tendencia a huir de lo indeterminado es el tiempo con la idea de cambio de los recíprocos, cuyo avance o movimiento entre la determinación u lo indeterminado es el tiempo de Anaximandro. Dice que existe un principio universal de que todo tiende a lo indeterminado, que mientras ocurre es el tiempo su expresión, pero el tiempo entendido sin el yo, como una sucesión de correspondencias. Eso es a lo que tiende el pre-yo pero es su determinación que limita el objeto, es decir, los padres, comienza a autointuirse para que se determine mayormente el pre-yo en el yo que es tiempo.

Como el principio de indeterminación es eterno en cuanto no es tiempo sino un continuo ilimitado, lo que pretende este pre-yo es a determinarse, y por tanto, el vínculo afectivo como pre-yo también pertenece a lo extemporal. El vínculo afectivo es el yo universal, absoluto, que todos los individuos llevamos dentro. Es la parte de eternidad del no-tiempo que necesita el yo para la relación con el otro con el que compartimos el vínculo afectivo de un modo recíproco.

Fichte habla de una triada ontológica donde la actividad del yo absoluto es la realidad, el ser es el objeto externo conceptualizado por el sujeto y el existir es el conceptualizar. Esa triada se puede extrapolar a la noción de Bowlby, donde el vínculo afectivo es la realidad fundamental inmanente de un pre-yo compartido que se autodeterminará en el yo. El ser es el objeto, pero en una teoría que se relaciona con el vínculo afectivo sería el objeto parental, los padres o figuras de apego. Todos los padres del mundo son el ser afectivo, que en correspondencia es un vínculo entre como padres e hijos en reciprocidad El existir como conceptualizar es la relación que proporciona la vinculación afectiva en el desarrollo del yo autodeterminado y potente en la construcción de conceptos. Estos principios ontológicos son la base segura para comprender la realidad del pre-yo, el ser afectivo correlativo y el autodeterminarse del yo autopotente.

El yo autopotente

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Mayo 4, 2012 @ 7:15 pm

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La definición de este concepto subsume a tres conceptos, el yo, la autonomía y lo potente. El yo es el tiempo propio o la reflexión propia de los éxtasis del tiempo como pasado, presente y futuro. La autonomía es la capacidad de interpretar la propia ley y ser dirigido por esa misma norma. Lo potente es llevar en sí mismo la capacidad de cambio o el principio del cambio. El yo autopotente sería aquel yo que interpreta la ley como tiempo propio, que es capaz de usarla para sí mismo y dirigirse por ella, dentro del principio del cambio.

Del yo ya he hablado mucho y algo he mencionado sobre la autonomía pero poco sobre lo potente. Lo potente es un concepto que define Aristóteles como lo que tiene el sentido de movimiento o cambio. El cambio puede estar en sí mismo o en otro, donde la detención también equivale a lo potente, porque algo que está en movimiento y se detiene es cambio. el principio de cambio como lo potente es movimiento y privación tanto en sí mismo como en otro. Ahora bien, Aristóteles no plantea el principio del cambio concretamente en un yo sino en todo ente o ser que tenga la capacidad de cambiar o de moverse. Lo potente es el concepto que permite comprender que las cosas no son completamente estables ni en movimiento continuo, sino que se necesita entender una relación recíproca entre el cambio y la estabilidad o el movimiento y la detención. Es una manera de entender una correspondencia conceptual, que permite aplicarse a las cosas, pero sobre todo a la ley del tiempo, que soy yo mismo. Cuando lo potente se comprende dentro del yo, ese yo es omnipotente, ya que en sí mismo como tiempo tiene la capacidad del principio de cambio. Ello equivale a interpretar el poder como un principio de movimiento y cambio en todo lo que puede ser interpretado por el yo. Ese yo omnipotente no tendría nada que ver con el control omnipotente del objeto del que hablan los freudianos o de la omnipotencia teológica de Dios. Es el ser consciente de que interpretando el tiempo como principio de cambio y de movimiento en sí mismo, la vida del yo, mi yo, se reconvierte en una hermenéutica temporal del cual yo soy la potencia activa.

Con respecto a la autonomía, es un concepto kantiano que surge en la Crítica a la razón práctica como la capacidad de determinarse a una ley propia, que es la de la razón. Es una autonomía de la razón pura, que equivale a la de la liberad, donde cada ser racional se puede considerar un legislador universal. En el mismo sentido Fichte explica que la autonomía equivale a la Ipseidad absoluta que es la libertad como capacidad de comenzar absolutamente. La idea de vincular la autonomía con la libertad plena es universal, pero dentro de un individuo es su ser racional. El problema es que la razón tiene sus reglas escritas de un modo más bien vertical y trascendente en el pensamiento de Kant. Lo que equivale a decir, que hay que seguir unas reglas morales para ser autónomo y libre. En el pensamiento de Fichte la autonomía como libertad absoluta es una inmanencia pura y horizontal, lo que equivale a decir, que la libertad se expresa en el comienzo de cada actividad, cuyo exponente es el yo individual o práctico. La libertad es la expresión de la síntesis de la producción del yo del sujeto/objeto de lo real e ideal en Fichte, pero sobre todo que el yo puede producirse a sí mismo a través de una ley propia.

Entonces el yo autopotente se comprende como tiempo de ley propia que permite la libertad para producir cualquier sujeto/objeto. La norma universal desaparece con la autopotencia del yo porque es el mismo principio del cambio y del movimiento, que incluye la detención. El yo autopotente no es otro. Esta afirmación tiene el sentido de que lo verdaderamente importante para el yo es la libertad de la producción con la ley propia del tiempo que es uno mismo, yo tiempeo, que no temporalizo. Pero este concepto ¿sirve para algo? ¿Es práctico?

En principio e en la exteriori¿Qué es importante? Desde este punto de vista general, nada es importante en la exterioridad para el yo propio, equivale a decir que una ética reglada, universalista, un modelo de acción, ideales, materialidades, relaciones, carecen de sentido en un yo que tiempea o es tiempo. Toda la exterioridad como lo otro no tiene un significado de jerarquía, de escala o de grado ya que el yo que es tiempo propio es la propia ley, sin jerarquía ni grado dentro de la horizontalidad propia que le otorga la inmanencia. En la inmanencia nada es importante porque todo es importante en el sentido de que no existe el grado ni la escala, ya que solo hay cambio. Para que exista una escala un nivel debe de existir una estabilidad jerárquica, pero en el cambio, esa jerarquía es tan provisional que solo usa el papel de directriz del principio del cambio mientras cambia ella misma.

No hay estatus, ni hay patria, ni dios ni estado ni propiedad ni familia ni materia ni forma y a la vez lo hay todo dentro de la inmanencia del yo propio. Es el mismo yo el que establece lo que es importante para él, para mí. Importancia horizontal, densificaciones activas que le permiten establecer esa autonomía, la libertad de producir con la propia ley del tiempo propio.

El yo autopotente no se rige por la exterioridad trascendente o lo que hay fuera como normas que dirigen los proyectos de cada yo individual. Es el hombre completamente horizontal que comprende que la estructura del tiempo es el yo mismo. Es un ultrahombre que el punto de vista no es el valor en sí mismo que hay que trasmutar sino que la trasmutación como sí mismo es la ley que rige su autopotencia. El yo autopotente comienza cuando comprende que el tiempo solo lleva 15 generaciones apareciendo. Lo otro que se llama tiempo, el tiempo medido, el de la norma el tiempo monacal es la locura y la alienación del yo, oculto por la presión de la exterioridad de la normativa universal de lo que es otro.

El concepto de lealtad en relación al yo propio

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Abril 15, 2012 @ 2:46 pm

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La idea de Nietzsche de que la ley y la norma habían muerto a tenor de su pensamiento sobre la muerte de Dios, implicaba una transformación a la hora de establecer principios. Lo que quería trasmitir Nietzsche, bajo mi punto de vista, era que los valores trascendentales jerárquicos mas allá del individuo, como un modo vertical de conocimiento, habían desaparecido estableciéndolos en lo que el llamaba la voluntad de poder. A la trascendencia que imperaba desde el platonismo se erigía la inmanencia, que era un modo de relación horizontal sin jerarquías. Esto no implicaba una igualdad de los individuos, sino más bien la igualdad de los diferentes según el postestructuralismo francés. Por tanto, sin haber trascendencia, la norma y la ley se instauraban en el individuo y su semántica cambiaba en el mismo sentido que la voluntad de poder. La inmanencia cambia como el mismo sentido del vivir. Así, la ley y la norma la funda el individuo para existir y vivir, que al final es el que decide la norma que va a utilizar. La ley recupera el sentido de una jurisprudencia vital, que se renueva en cuanto es útil para cada uno. El concepto de lealtad como yo lo entiendo, se basa en la premisa del yo y lo que es útil en cuanto es valor de ley propia.

La lealtad proviene de la palabra latina lex ley, y por tanto, todo lo que implique el sentido de este concepto viene regido por la norma. Pero en el yo inmanente, el de Fichte, o el del tiempo propio que es el mío, la ley es la que dicto yo porque me es útil para el desarrollo de mi actividad. La lealtad sería las normas por las que me rijo para conseguir un objetivo. Esas normas son las directrices para desarrollar un proyecto, un plan con el objetivo de un fin. La ventaja de que estas normas sean inmanentes y horizontales es que yo soy consciente de que las puedo cambiar en caso de que como valor de uso no sean efectivas ni en el proyecto ni en la planificación del vivir. Esta relajación normativa no implica que yo me pueda agredir a mí mismo con una interpretación laxativa del “todo vale” o que pueda agredir al otro por defender mis intereses. Al contrario, ser leal es interpretar el sentido normativo, es decir, la repetición como diferencia para el establecimiento de una trayectoria vital como una anábasis espiral del tiempo propio, yo mismo. Eso significa que siempre se replantea el sentido de la norma para que no pierda la eficacia por la que se trazó ni que sea agresiva ni para mí ni para el otro.

El concepto de lealtad así planteado tiene dos vertientes basadas en el yo. La primera una lealtad para conmigo mismo y una segunda la lealtad hacia el otro. En la primera interpretación yo soy el legislador, el juez de la ley por la cual me rijo, que es la ley del tiempo interpretado como reciprocidad y correspondencia de los tres estadios o éxtasis del tiempo. Es el modular el tiempo como yo propio. La lealtad conmigo mismo significa que si yo me impongo la norma, que para ser coherente con la actividad que realizo, tengo que respetarla dentro de los tres éxtasis de la espiral del tiempo. Claro que la norma no es una “lex aeterna” que vaya más allá de la vida sino que se replantea por la misma espiral de un tiempo que es pasado-presente-futuro, yo mismo. Ser leal para mí mismo es basar mi trayectoria vital en la ley del tiempo, que implica interpretar esa norma bajo los tres sentidos del tiempo.

Un ejemplo de una ley o una norma es “yo soy”. Todos nosotros en algún momento nos sentimos obligados a definirnos de algún modo. Ese yo soy suele ser un pensamiento propio, el carácter, los valores de uno mismo, la llamada autoestima y en el caso de los filósofos un hábito, una actividad, una expresión del ser, una ilusión o el tiempo propio como esencia. El “yo soy” de la lealtad con el tiempo propio se define dentro de la espiral del tiempo, pero cuando no se comprende de este modo, tiende a ser inmovilista. Se le coloca la muletilla de “yo soy así”, lo que implica que el hábito, la manera de ser, lo valores, etc., en los que se apoya el yo se convierte en una imposibilidad de cambio. la norma del tiempo ya no pertenece al yo propio dentro de esa espiral, sino que se entiende dentro de una “lex aeterna”. El tiempo propio del yo se transforma en la ley eterna del tiempo detenido porque la misma normativa que impone el yo, en su lealtad a la norma, equivale a un tiempo eterno sin cambios. A este concepto del tiempo los griegos lo llamaron Aión. Ese tiempo eterno es el del presente continuo, donde la acción es única, sin fin. La expresión de esta clase de tiempo es el verbo en infinitivo como por ejemplo, ser. El yo soy así se transforma en una acción única, donde el yo se dispersa y se diluye en un presente detenido, soy, por el adverbio, así. La lealtad a la ley condicionada por el adverbio de modo, transforma ese tiempo propio y único en un modo ontológico de comprenderlo como ser, el Aión del presente continuo.

El segundo sentido del concepto de lealtad con respecto al yo aparece en la relación con el otro. Hay que entender que el yo propio es correspondiente a una idea fundamental de un yo propio que entiende esa base como tiempo de un modo inmanente, es decir, como fundamento del mismo yo propio individual. Es como entiende Fichte el yo como actividad de la libertad como fundamento del yo práctico que es el yo individual. Del mismo modo el tiempo solo se puede entender como un yo propio inmanente, fundamental, inherente a todos, como esa especie de igualdad de la diferencia en la voluntad de poder. Entender el tiempo fuera del yo es imposible, pero en cambio el yo propio concibe el tiempo porque intuye, intuyo no en base a la conciencia, si no en base a que yo soy tiempo en cuanto soy pasado-presente-futuro. Esa idea es la fundamentación de la relación del yo propio individual y el yo propio del otro la igualdad o identidad del yo soy=yo soy en la diferencia del yo de cada cual, que es su propio tiempo.

De este modo, la relación con el otro desde la lealtad como norma o ley del tiempo se basa en una proyección del tiempo propio en el otro para comprender su norma. Es el modular del yo si la relación que se establece es una relación inmanente dentro del tiempo propio o es una relación de trascendencia, cuando el otro se rige por las leyes eternas del Aión. El yo soy así no modula el tiempo, y por tanto, las relaciones. Estas relaciones de trascendencia con el otro no serían horizontales sino que son verticales o relaciones de dominio, del que se rige por las leyes eternas del presente continuo y no las del tiempo de la modulación y del tiempo propio.

Un yo que se rige dentro de una relación de dominio, debido a que concibe la ley del tiempo como trascendencia, no es de propio. Debido a esa universalidad de un tiempo basado en el presente continuo, se diluye en el concepto del Uno o de la gente que utilizaban tanto Heidegger como Ortega. La idea de valores o normas de trascendencia al yo, cuando estos se subsumen en una lealtad hacia ellos, diluye al yo propio en ese yo común, que no es el fundamento del yo propio, sino que es un yo a posteriori que domina al yo propio porque no le permite hacer uso de su propio tiempo.

La lealtad entonces del yo propio es para con uno mismo. Yo soy quien dicta las normas, que desde el punto de vista del principio de no agresión dictado por mí mismo, que no hago al otro lo que no quiero que me hagan, entonces, yo soy leal significa que yo como tiempo me rijo con mis propias normas que cambian en el mismo sentido del existir como voluntad de poder, que es voluntad de vida, el querer de mi tiempo.

Superar o modular

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Abril 7, 2012 @ 8:14 am

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El concepto de superación lo presenta Hegel en Filosofía real y en la Ciencia de la lógica con un doble sentido, que envuelve una negatividad implícita. El primer sentido es el de guardar, mantener y poner fin, que implica que el que guarda está incluyendo una negatividad mientras mantiene y pone fin a un asunto. Este guardar está al margen de la influencia de lo externo, que una vez superado a la vez se mantiene y guarda ofreciendo ese doble sentido de guardar, pero seguir en la cosa una vez guardada. Con ello Hegel expresa que la razón no mantiene una determinación finita, sino que es esa determinación y su contraria, con un doble sentido que recoge y guarda la determinación finita mientras avanza en su contrariedad. La cosa es ella misma y su contrario, de ahí que la negatividad esté implícita en la superación cuando la cosa determinada se piensa en su contrario.

Para Hegel la materia es la negatividad que es superada en cuanto es pensada por el sujeto absoluto como espacio y tiempo. Con respecto al tiempo Hegel plantea la superación en sí misma como dimensiones de negatividad, donde lo que es ahora-presente ya supera al futuro que se transforma en presente y este presente se supera al convertirse en pasado. Estas son las dimensiones del tiempo, pasado, presente y futuro todas ellas determinaciones pero a la vez diversidades y negatividades que guardan a la materia la mantienen. En realidad para Hegel las dimensiones del espacio y del tiempo son superaciones y diversidades de la materia de esta como negatividad que en sí misma hace posible esa contradicción de la determinación en el espacio y las dimensiones del tiempo.

El problema es que en el español ese sentido doble que pretende darle Hegel no existe y aunque sea un concepto filosófico que se aplica a la materia como forma de determinarla en el espacio y el tiempo, superar es sinónimo de vencer, dominar sobrepasar, romper barreras, ser superior a otro, etc. El superar no guarda ni mantiene nada sino que rompe barreras, las trasciende y las olvida, más de acuerdo con la posterior idea de superación de Nietzsche como transcender o transmutar que la que pretende ofrecer Hegel. Superar para los dos filósofos alemanes tendría en el español un sentido muy parecido, aunque en su idioma los conceptos sean bastante diferentes y los pensamientos de ambos estén enfrentados.

La superación en sí misma no retiene el tiempo sino que lo traspasa y lo olvida. Desde este punto de vista, la superación es un fin, y por tanto, es éxtasis de futuro, que utiliza el presente para trascender y alcanzar su meta. Superar el tiempo es olvidar el pasado, pero ¿qué es el yo sino pasado? El pasado se traspasa en la superación rompiendo la barrera que lo delimita. Si en principio la superación es un instante de ruptura con la detención o la inercia que impide el avance, no mantener el pasado como intérprete de las demás dimensiones del tiempo, que es el tiempo propio como yo mismo, impide elaborar cualquier protocolo de actuación para un fin determinado. Tampoco los valores como utilidades sirven de mucho si no se recuerden y se rompen constantemente cuando prevalece la superación y la trascendencia como ruptura y olvido.

En el yo mismo como propio, las dimensiones del tiempo no se superan, ya que deben de estar en armonía. Para conseguir ser armónico el yo tiene que modular el tiempo en lugar de superarlo. El modular implica armonía, pero también desarmonía porque esta es necesaria para que la una y la otra puedan estar de acuerdo. Leibniz fue quien estableció la idea de un acorde de series divergentes y multidimensionales donde subyace la armonía, cuyo espacio de significado es la conveniencia. Esa armonía alcanzó una idea mas cercana al Yo con Schelling quien explicaba que existía una armonía preestablecida entre el mundo real y el ideal, el sujeto y el objeto, lo consciente y lo no consciente, el yo y la naturaleza. Schelling decía que todo saber es coincidencia del sujeto con el objeto que se manifiesta recíprocamente. La armonía preestablecida de Schelling es el fundamento para que sus sistema pueda ser forjado dentro de una naturaleza y un yo que como producción y productos son recíprocos y se entienden así. Si en Hegel la materia era una negatividad de la que partía las dimensiones del espacio y del tiempo, la armonía establecida como una positividad es el fundamento de las dimensiones recíprocas del producto y lo producido. Con lo cual tanto lo negativo como fundamento como lo positivo son en sí mismo recíprocos para fundamentar el algo y el alguien en la dimensión del tiempo. Lo único que se necesita es una modulación entre lo disarmónico de una negatividad y lo armónico de la positividad que fundamenta y ese es el yo que modula.

El modular consiste en modificar los factores de un proceso de un modo cualitativo, que puede ser armónico pero a la vez interpretativo. Ello significa que el modulador que interpreta varía los factores según el propio uso y las propias consecuencias. La armonía puede ser dodecafónica, donde se utiliza todos los intervalos y no existe una jerarquía tonal. Ello implica una armonía/desarmonía de carácter horizontal no jerárquica, y por tanto, sin reglas universales por encima del yo. Es el yo el que impone las reglas para la función armónica, como el mismo dodecafonismo que impide una nota con mayor tono que otra, Los conceptos, los modos, los correspondientes son equivalentes entre sí e igualmente útiles y prácticos dentro de la propia interpretación.

En realidad, el superar y el modular son correspondientes dentro de una teoría interpretativa de la reciprocidad. Superar rompe la barreras del pasado en aras a un futuro en el presente, pero en el modular armoniza los diferentes acordes del tiempo. El yo supera la tendencia del pasado a detener el cambio, que con la modulación interviene para que el cambio no sea una variabilidad caótica de velocidades infinitas, como explica Deleuze. Aunque él no le confiere al yo nada mas que la tarea de crear opiniones pero no conceptos, el yo en sí mismo es el concepto primero, el concepto del tiempo.

Modular el tiempo

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Marzo 31, 2012 @ 9:18 am

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Consiste en la armonía que se otorga a los dos modos diferentes del que modula la indeterminación del tiempo y este es el yo. El yo está en el origen del principio de lo indeterminado luchando por determinar y definir lo que en su esencia es indeterminación. Esa es la base de la comprensión de la lucha del tiempo, entender que el que modula y armoniza la tendencia a la indeterminación es el yo propio, ya que lo determinado es una interpretación. La ventaja de lo interpretado por el propio yo es que cualquier determinación se transforma en un valor o una creencia útil, mientras que dure en su determinación interpretativa por el yo. Su uso depende entonces de la duración dentro del periodo que sea útil y no una detención que se transforma en axiomática como un ideal eterno, un valor o una creencia que se convierte en verdad inamovible. Es en esencia la idea de la voluntad de poder de Nietzsche pero comprendida desde la base de la indeterminación del tiempo del mismo yo propio. El yo es el modulador de modos diferentes dentro de un conjunto armónico de recíprocos, donde este comprende que la forma no es un límite pasivo y detenido del reposo, sino que es a la vez movimiento y reposo, acción y pasión, devenir y estasis, afuera y adentro.

La mayor parte de la filosofía del desarrollo filosófico del siglo XX proviene del estudio de las ideas que presenta Nietzsche en su obra. Releer a Nietzsche después de haber estudiado a diferentes autores, uno se encuentra con la sorpresa de ver el origen de donde proceden las nuevas corrientes filosóficas como el existencialismo, el estructuralismo o la Escuela de Frankfurt. El párrafo del principio no es mas que el desarrollo y la aplicación de la idea de la voluntad de poder al yo propio, que en realidad es el ultrahombre de Nietzsche aderezado de conceptos cartesianos. Ahora bien, ese yo que tanto critica Nietzsche es considerado como sustancia por él mismo, cuando en realidad es tiempo, y por tanto, nada tan indeterminado como ese concepto que a la vez quiere determinarse en una reciprocidad, que es el principio de indeterminación del orden y desorden del tiempo.

De todos los filósofos presocráticos creo que hay tres que merecen ser revisados y replanteados sus conceptos constantemente ya que están relacionados aunque parezcan en sí mismos contradictorios. Parménides es uno de ellos y explicaba que el ser era algo pleno y necesario y lo que estaba fuera de este no se podía pensar. Por otra parte, Heráclito sugería que todo cambia y que no de podía detener el flujo con que ocurrían las cosas. A esto Anaximandro lo llamó tiempo al orden que juzgaba la indeterminación intrínseca de las cosas, una disposición para que todo tendiera a perder su forma y determinación. Esta disposición es recíproca, lo que significa que cada término es correspondiente al otro, que están en relación series, sistemas, individuos, conceptos en el mismo fundamento del significado que se estructura en el algo. Desde este punto de vista, lo que se detiene y lo que se mueve son correspondientes o el ser pleno y deviniente o lo determinado e indeterminado. Entonces, desde el punto de vista de Anaximandro, la estabilidad y el cambio son sinónimos dentro del fundamento de la disposición del origen que es el tiempo. Fue Descartes quien explicó que el tiempo es el yo, aunque abocó en la sustancia.

Hasta Descartes el espacio topológico de significación consistía en que el principio y origen del algo es que lo estable y lo cambiante son sinónimos y correspondientes por la disposición a la indeterminación del orden/desorden del tiempo. Pero esa interpretación era muy difícil de entender en cuanto el tiempo tal y como describía Anaximandro era una sucesión y transformación del algo. ¿Cómo podía algo no podría ser algo u otro algo a la vez? En realidad lo que explicaba Anaximandro era que el algo es a la vez algo1 y algo2 de un modo recíproco, porque él no hablaba de ser. El estudio persistente del concepto del ser ha desvirtuado esta interpretación, ya que los derroteros donde abocan terminan por dar un sentido preponderante a la estabilidad, cuando la realidad del fundamento del concepto de Anaximandro es la reciprocidad.

Desde mi punto de vista, el mayor hito en la historia de la filosofía, después de la triada conceptual que he descrito anteriormente, es el descubrimiento del yo por parte de Descartes. El segundo gran descubrimiento fue hecho por el mismo Descartes cuando descubrió que este yo es a la vez tiempo. Este segundo descubrimiento ha pasado desapercibido incluso para el mismo Heidegger. Descartes antes de dictar su célebre frase de yo pienso luego soy, donde el verbo ser ha pasado a interpretarse como existir y el yo como una sustancia, dijo que el yo era. Por tanto el yo es una realidad que deviene un algo que es deviniente y que en un momento se detiene para comprobar que lo indeterminado se detiene y es tiempo. Es un pasado que se convierte en presente del yo era al yo soy siendo a la vez lo mismo. El algo se convierte en un alguien que se establece cambiante e interpreta lo recíproco del mismo modo o mejor dicho la interpretación recíproca del algo y del alguien desde los dos modos posibles, estabilidad y cambio. Por ello es preciso que exista la modulación del tiempo para que ni lo indeterminado ni lo determinado prevalezcan y distorsionen la esencia del pensamiento de Anaximandro. Esa tarea recae en el modulador en que se convierte el yo que es el tiempo del que hablaba Anaximandro, la reciprocidad que ya puede ser comprendida dese el punto de vista de un sentido armónico de la sinonimia y de lo recíproco.

El yo es el modulador del tiempo porque yo mismo me comprendo como tiempo y si ello es así el fundamento de esta comprensión está en lograr que dos conceptos recíprocos, que no contrarios estén en armonía y no enfrentados, ya que en esencia son correspondientes y en relación el uno con el otro por la misma base de que soy tiempo. El pensamiento avanza y ello implica que el yo soy se transforma en un yo modulo. Entonces puede coexistir un pensamiento que se corresponda a la vez con lo estable e inestable a la vez porque en su misma esencia pensarlo es estar dispuesto a aceptar lo que es mas conveniente en cada momento, tanto lo activo como lo pasivo. El yo modulo es a la vez un yo práctico que cree lo que mas le conviene, donde el valor es la propia creencia que yo uso de un modo armónico dentro de lo recíproco porque es el mismo sentido del tiempo. Ese tiempo de lo recíproco que soy yo mismo.

Y los chinos ¿qué piensan de nosotros?

Guardado en: Etcétera — Gilberto Salas Marzo 26, 2012 @ 7:47 am

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Es generalizado leer en todos los foros de relojes de España, en las secciones de economía de los medios de comunicación, desvalorar el producto de fabricación china, tachándolo de muy mala calidad. Relojes, ropa, coches, computadoras, teléfonos, etc., todo lo que suene a made in china suena como un todo a 100. El fenómeno no es nuevo ya que en los años 60 con el comienzo del “milagro japonés” todos nos reíamos de las viejas casetes made in japan. Preferíamos el producto nacional aunque mucho más caro, pero ya desaparecido en todos los ámbitos de las líneas de electrónica. Ahora, nuestra sorna cae sobre cualquier valoración del producto chino, como si conociéramos aquella cultura, por haber ido a cenar un par de veces rollitos de primavera.

Los chinos piensan lo mismo que nosotros de ellos pero con aderezo. Pare ellos el producto español es de muy mala calidad, incluso peor de lo que ellos fabrican a destajo. Si alguien quiere vender relojes en China ni se le ocurra decir que los fabrica en España como si fuera un valor añadido. Es como si alguien de Uganda nos quisiera vender guitarras españolas y nos convenciera de que son de muy alta calidad, porque las han fabricado toda la vida. Y solo son relojes, porque si vamos un poco más allá piensan que somos incapaces de fabricar nada bueno.

Otro aspecto de nuestra cultura que tampoco es muy valorado allá es la cultura de los toros. El mero hecho de matar un toro en un plaza, nos hacen ante sus ojos como una gente muy violenta, que es capaz de ver sufrir a un animal sin inmutarse. Les puedes explicar todos los argumentos que queramos sobre la fiesta, pero somos crueles y violentos por el mero hecho de permitirlo.

Nosotros creemos que nuestra comida es muy buena y que los chinos de les debe de encantar la paella. La odian. Les sabe a rayos como a nosotros su verdadera comida, la del arroz como si fuera engrudo o los pedazos de cartílago que parece en que se basa toda su dieta.

Cuando un chino viene a España, lo ve todo viejo, anticuado y sucio. Estos chinos vienen de ciudades muy modernas, que han cambiado mucho en diez años. Están acostumbrados a ciudades modernas y luminosas. Aquí en España las ciudades han cambiado muy poco su aspecto, ya que el mantenimiento de los cascos históricos tanto de Madrid como de Barcelona, dejan mucho que desear y eso es lo que juzga el chino cuando viene aquí. Además, aquello de que España huele a ajo es verdad y sobre todo Madrid, que hay un bar en cada esquina.

Para los chinos les da igual si eres catalán, valenciano o de Madrid, todos los estereotipos siguen vigentes con el valor añadido de que encima nuestro producto es de mala calidad. La conclusión es que el producto español no tiene trascendencia fuera de nuestras fronteras por más que insistan políticos y empresarios. Puede que para vender en el extranjero haya que variar la estrategia comercial, porque la marca España, hoy por hoy, no vale un colín.

Impresiones sobre BaselWorld 2012

Guardado en: Etcétera — Gilberto Salas Marzo 14, 2012 @ 1:20 pm

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La primera impresión con respecto a la última vez que fui en el 2008 era de apatía en el mercado. En eso han coincidido los periodistas españoles con los que he podido hablar. Criticaban la estrechez de miras del empresario español, nada nuevo por cierto. La noticia mas importante era que en ETA y el grupo SWATCH había entrado capital chino.

Con respecto a las novedades, sí que observé una mejora de las calidades en todo tipo de relojes, incluidos los que proceden de China y son comercializados por fabricantes europeos. Asimismo, han surgido con fuerza los fabricantes de relojes alemanes dentro de la línea impuesta por Lange. Me sorprendió mucho la magnitud del stand de U-BOAT, italianos creo, aunque no sé si lo vienen haciendo desde hace varios años.

Con respecto a nuestra marca, hemos encontrado un distribuidor en Italia para el reloj diver que estamos desarrollando conjuntamente con Moragas Technologie. Asimismo un fabricante alemán quiere que le suministremos nuestros mecanismos EXT1, ya que le gustaron muchísimo.

Sobre las visitas que hicimos, una de las mas interesantes fue la realizada al stand de Concept Laser. Encontramos un proveedor suizo que nos podría fabricar las esferas sinterizadas con un acabado perfecto. Las fabricadas hasta ahora en España son excesivamente bastas. También aprovechamos la visita a Suiza para ver algunos ateliers para la fabricación de esferas de series muy cortas.

Por último, cenamos con nuestro amigo Antonio, un simpatiquísimo gallego que nos trató como siempre, fenomenal.  Terminamos los últimos flecos del proceso de pulido y grabado que vamos a realizar para el diver. Primero puliremos y luego se grabará al ácido el bisel con un espacio suficiente para la pintura. Eso habrá que darlo en un archivo DXF o DWG.

No había estado en Neuchatel, pero el hotel junto al lago era muy confortable y las vistas al lago increíbles. En el desayuno los croissants sabían a ….. croissants. Los trenes en Suiza los vi un poquito mas deteriorados que la última vez que fui incluso a Lausanne. Eso sí todo me pareció muy caro. Casi tres veces mas que en España incluso el cambio de francos a euros. La comisión es tan alta que casi te dan la misma cantidad de euros, cuando todavía el cambio no está parejo para que esto ocurra. También pasé mucho calor en los hoteles y en la feria. El tiempo en Suiza ha cambiado, pero la intensidad de la calefacción no es acorde con ello ni ahora ni cuando fui en el 2008. Hasta en Alcoy la temperatura es mas baja que en Basilea o en Ginebra.

El resumen final es que las expectativas a medio plazo son muy optimistas. Parece que los mercados emergentes nos pueden ayudar a salir de esta crisis, por lo menos en la relojería y a lo que a nosotros concierne.

El tiempo es la percepción de lo indeterminado

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Marzo 4, 2012 @ 9:33 pm

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Todo lo que existe es esencialmente indeterminación. Por eso dice Anaximandro que el principio de necesidad absoluta es que todo lo determinado tiende a ser indeterminado por el tiempo. El algo y el alguien nacen y aparecen porque se determinan y se limitan, desapareciendo cuando vuelven por su propia necesidad a ser indeterminados. El fundamento de todo lo que tocamos pensamos y vemos es una indeterminación real, que recíprocamente va de un lado a otro y se determina e indetermina, donde el tiempo es la percepción de esa relación recíproca que es lo indeterminado. Esa es la realidad del tiempo.

El alguien es quien percibe ese paso de un estadio a otro, pero que a su vez necesita de la limitación y la detención, y lo llama tiempo. Así describió Aristóteles el tiempo, el número en movimiento, pero que es necesario ser percibido por el alma como un cambio. El problema ha sido que el miedo a la dispersión y a la no comprensión por parte de nuestra inteligencia de lo indeterminado, el tiempo, lo hemos intentado encapsular, materializar, determinar dentro de la magnitud y por eso el tiempo se ha convertido en nuestro mayor contrario. Hemos querido determinar lo indeterminado de un modo necesario o lo que es lo mismo, hacer eterno el tiempo de la cantidad de la medición. Encapsular el alma del tiempo en una caja de cristal, como si la nada pudiera tener una forma extensiva o física.

Esa nada que se quiere materializar en un algo extensivo es la detención, la limitación, la negación de lo contrario que es la actividad, la superación, la ruptura, el cambio, que Nietzsche definió como las fuerzas reactivas de la voluntad de poder. El concepto de voluntad de poder es una evolución del principio de indeterminación de Anaximandro pero enfocado a la vida. En la vida intervienen los factores orgánicos y en concreto el hombre. El hombre es una expresión de la voluntad de poder, que se describiría como una relación entre las fuerzas activas y las fuerzas reactivas. Las fuerzas activas hacen que el hombre que se construya en base a ellas, pueda romper con la determinación de los valores, de los límites, que impone el miedo a la incertidumbre y a la inestabilidad. Ese hombre es el superhombre de Nietzsche. El superhombre o quizá mejor el ultrahombre, es el que hace de la actividad su fuerza. Termina todo lo que empieza, afirmando y afirmándose como individualidad que construye sus propios valores, sin dejarse guiar por los valores universales. El hombre de la reacción, el infrahombre, es el que lo impide con la negación de la actividad y el desplazamiento y proyección de sus propias miserias al otro, al activo. Por eso la culpa según el infrahombre siempre es del otro, cuando esta no existe o se la puede llamar error, que no conlleva un castigo sino una transformación, una transmutación diría Nietzsche.

Si la voluntad de poder son fuerzas activas y reactivas que se refieren a la vida, el alguien es a la vez el ultrahombre y el infrahombre. De un modo individual, como un hombre singular, es voluntad de poder, reciprocidad que tiende a la indeterminación, a lo ilimitado que percibe a través del tiempo. Esa percepción del tiempo como lo indeterminado puede causar la angustia del infrahombre que se transforma en detención, resentimiento, envidia, negación contra lo activo. En cambio, el placer de la acción de la creatividad de lo nuevo, de la identificación con la indeterminación por el hecho de tender a romper los límites en cuanto se refieren a conceptos delimitados y enquistados sin un significado actual o práctico. Esta lucha de contrarios o la reciprocidad que existe es la misma voluntad de poder, dentro de ese alguien que es el yo de cada hombre. La voluntad de poder no es propia del ultrahombre en exclusiva sino que pertenece a la vida que se manifiesta en ese alguien que a su vez es ultra o infrahombre, determinación o indeterminación, limitado o ilimitado y sobre todo, que es tiempo medido o propio.

Por ese motivo, todos nosotros somos a la vez una cosa y otra. El problema está en si queremos cambiar o queremos seguir como estamos. O quizá mejor, saber cuándo nos hallamos en el inframundo o en el ultramundo de nuestro propio yo. Una manera de empezar a tomar una decisión, es vislumbrar si regir la propia vida, que es la voluntad de poder, por el tiempo medido como fundamento o por el contrario mejor vivir el tiempo propio al margen de la magnitud. Solo es cuestión de intensidad. Un pequeño tiempo para la medición de lo determinado y un mayor tiempo de percepción de lo indeterminado. Prevalecer esta segunda opción posiblemente nos libere de muchas de las fuerzas reactivas que dominan el yo propio.

Metafísica de la confianza.

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Febrero 24, 2012 @ 5:33 pm

En principio, la confianza es una esperanza firme en una persona o cosa según explica la RAE. También la confianza es ánimo para obrar, presunción sobre la opinión de uno mismo, familiaridad en el trato y pacto entre dos personas particulares. Lo que se propone ahora es una cartografía de la confianza, partiendo del significado original, y recuperar en cierto modo el sentido de creencia primario.

Confianza etimológicamente viene del latín vulgar fidare que a su vez es una modificación de fidere, fiar, confiar. La confianza a partir del fidere es, entonces, un concepto que en su raíz aparece como fides, fe o creencia, promesa a una palabra dada. Es decir, la confianza es una cuestión de fe, de creer en una palabra, en un trato, o simplemente creer. La creencia o confianza es, a pesar de que no está explícito, el conocimiento certero de algo a lo que se le da crédito. Así planteado el concepto de confianza su interpretación es más teológica que filosófica, ya que el concepto de fides o fe es un valor o una virtud teologal así como la esperanza. La esperanza antes estaba vinculada con la fe y esta procedía de la creencia, donde la creencia tenía otro significado.

Parménides explicaba que la creencia de donde derivó la fe o la confianza como la entendemos ahora, era la verdad del significado del ser, que equivalía a que todo lo que se piensa o se dice es verdadero. Platón explicaba que la creencia era la verdad que se expresaba en los fenómenos que se veían, aunque para él no se alcanzaba la verdad de las ideas. Aristóteles explicaba algo que iba mucho mas allá. La creencia o la confianza era creer en la proposición como verdad ontológica, sea afirmativa o negativa. Incluso lo falso, al ser una proposición que se expresa en el lenguaje que pertenece al ser, es ontológicamente pleno. Cuando se piensa una proposición Aristóteles dice que se cree en lo verdadero o en lo falso de ella, porque en sí misma tiene la fuerza del ser.

En la sociedad actual, la confianza es una esperanza, pero la esperanza es algo posible no algo necesario como es la creencia o el creer. Creer es estar en el ser y no creer es no estar en el ser, porque se abandona la idea de que la proposición es un espacio de significación que coincide entre el pensamiento y el habla. Esa fractura es lo que debilita a las ideas o incluso a los hechos que son abandonados a su significante, es decir, a ser meras palabras vacías. De ahí que se hable de desconfianza, desesperanza, descreimiento que son sinónimos del no ser.

Esta interpretación como concepto está en función del tiempo desde una perspectiva universal, el objeto, la gente, el tiempo medido, pero los conceptos como expresiones diagramáticos multifásicas, dependen también del tiempo propio, y esto es lo que cada uno debe de interpretar por confianza a su manera.

Para mí la confianza como yo propio es una creencia en lo que pienso, hablo y actúo. Es un creer en mi actividad. Entonces, partiendo de la idea del ser de la proposición de Aristóteles, basado en esa actividad del yo, cualquier enunciado que proponga tiene un sentido pleno de significación topológica. Eso implica que la confianza se articula en el lenguaje, en la misma expresión del significado. Por ejemplo, si yo digo que confío en que la economía va a empeorar los próximos años, estoy enfatizando un espacio de creencia propia del significado. Creo o confío en que las cosas van a seguir yendo mal por la economía. Lo que se enfatiza es la creencia como necesidad del lenguaje y no la esperanza en lo posible, que esta ha pasado a ser ilusoria. Otro ejemplo sobre un espacio de significado de actividad propia sería yo creo, yo confío que soy Gilberto o yo creo o yo confío que no soy Pepe. Con la afirmación de la única verdad de los nombres propios se basó la filosofía de Kripke, que se fundamenta en una creencia verdadera e inapelable, pero la realidad es que lo que es pleno es el espacio propio de significación del que confía en esa verdad bien redonda.

La confianza desde mi punto de vista es un creer pleno en la actividad, equivocada o no verdadera o falsa, correcta o incorrecta, prudente y reflexiva o insensata, pero sobre todo es un creer. Eso significa que puedo creer que estoy en un error y estar equivocado sin abocar a la desesperanza o a la culpabilidad. No hay fractura en el hecho o en la acción o el pensamiento, ya que son lo mismo, que no implica que la acción sea irreflexiva para dejar de creer en una actividad. Solamente que la actividad dentro de los espacios propios de significación del yo, se expresan dentro de la confianza del creer en que no existe tal fractura, sino que existen sendas, caminos y estructuras que construimos dentro de la confianza para dar forma a esa verdad que es el yo del tiempo propio, en mi caso Gilberto, en otro caso Juan, Pepe o Carmen. Ese es el tiempo de la confianza

Grados de complicación

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Febrero 16, 2012 @ 10:58 am

La complicación es sinónimo de complejidad, ahora que está de moda el pensamiento y la estructura de lo complejo, pero desde el punto de vista de lo divino. Con la muerte de Dios, según explicaba Nietzsche, la complicación pasa a ser cosa del hombre, y mas concretamente del yo. Este puede ser entendido desde un modo absoluto como explica Fichte o concretamente como el yo del tiempo propio.

Cuando se habla de complejidad, en la ciencia se está hablando de estructuras de carácter aleatorio que se ordenan en el desorden. Estas estructuras caóticas se correlacionan dentro de casi todos los campos de la ciencia, para intentar desarrollar un análisis de lo complejo, aunque este concepto no puede ser medido. Las estructuras aleatorias o disipativas lo intentan guiadas por la segunda ley de la termodinámica. Aun así, hay quien dice que estas estructuras tienen un carácter abstracto y lo complejo no puede ser medido. Ese es el problema de la ciencia moderna, que todo debe de ser medido para ser explicado, incluso la propia complejidad.

Complejo proviene de la palabra latina complex, unido, complicado y esta de complicare. Complicare proviene del plicare latino, plegar, doblar, unir los pliegues. La complicatio era un concepto teológico del neoplatonismo que se usaba para expresar el sentido que tienen las cosas en el Uno y el Uno por las cosas. Esta noción teológica equivalía a una explicatio y una implicatio donde la explicatio o explicare era desarrollar y la implicatio significaba englobar. Esto equivale a una idea panteísta donde Dios es explicado o se desarrolla a través de las cosas y a la vez engloban la idea de Dios. El problema de la complicación, ahora complejidad es que no deja de ser un concepto o una noción universal donde el yo está al margen de interpretar la complicación o el desarrollo y acotamiento de las cosas que le rodean.

La complicación desde un punto de vista conceptual ontológico es la explicación e implicación del yo como tiempo propio, lo que equivale a decir, el cómo se desarrolla un yo y qué es lo que engloba del mundo. Es un ordenamiento, una estructuración y desarrollo de lo complejo pero desde una interpretación propia, dentro de los propios espacios de significación.

Desde el “no te compliques la vida” hasta “la vida es muy complicada” la gente comprende que la complicación es inversamente proporcional a la felicidad. Mientras el grado de complicación, es decir, el grado de desarrollo y englobe que relaciona al yo con las cosas sea mínimo entonces se es más feliz. Con esta idea, la gente huye del pensamiento de explicación-implicación del yo con el mundo creyendo que se es más feliz, pero sucede todo lo contrario porque el no complicarse equivale al desconocimiento de propio de cada yo. Huir de la complicación es escapar de sí mismo y con un grado cero de complicación es imposible relacionar las cosas de este mundo con uno mismo o con los otros.

Por eso, explicaba Espinosa que la idea de la felicidad estaba en el tercer género de conocimiento, que era la intuición. La intuición significaba para Espinosa comprender la relación de la expresión de todas las cosas. Expresión es la palabra que utilizaba como sinónimo de la complicación. El hombre es mas feliz mientras mas se complica la vida, porque comprende en mejor medida la estructura de relación de la cosas. Claro que para Espinosa el hombre estaba determinado y era un autómata. Con Fichte se recupera el sentido de un yo más pragmático, aunque no es hasta Heidegger donde ese yo como ser-ahí alcanza el significado puro de ser el propio tiempo, la expresión de su propia complicación.

En definitiva, para ser feliz o por lo menos para no estar dentro de la oscuridad, los grados de complicación influyen. A mayor complicación de la vida, a mayor comprensión de la relación compleja de las cosas que nos rodean y nuestra interrelación con ellas, seremos más felices. Quizá ser feliz es un estado utópico, pero puede ser equivalente a no tener la angustia de la incertidumbre, de los estados caóticos del desorden, ya que la misma complicación en sí, es la estructura aleatoria del yo propio que ordena lo que está desordenado. La felicidad entonces sería ausencia de angustia por la misma complicación.

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